viernes, 29 de noviembre de 2013

VOLAR TRAS UN ACCIDENTE DE PARAPENTE REFLEXON SOBRE SEGURIDAD

 

VIDEO DE MI ACCIDENTE AKI 

 



Ojeando  cosas del parapente en la red,como todos  hacemos  ahora  ke la meteo no nos deja volar, encontré este  articulo de un piloto cubano   ke hace una reflexión muy interesante  sobre, los accidentes en este deporte  y los ke nos mueve a seguir en el.



 El x ke  vemos a  personas de  avanzada edad con la  ilusión de  un niño ante  un vuelo. X ke cuando  tras   algún  accidente  propio o de algun amigo, seguimos  mirando al cielo cada día con ganas de estar alli. Sobre como explicar con palabras  lo ke nos mueve  a seguir  cuando algún amigo te dice, bueno  ya mejor dejarlo  no sea ke algún día tengas  algo fuerte tu .





 Largo  pero muy interesante ideal para leerlo antes de ir a dormir       

"Hace ya un tiempo le hice la visita a un amigo paracaidista el cual experimentó una emergencia durante un salto, y terminó con ambas piernas gravemente fracturadas a raíz del error que cometió a baja altura pilotando el paracaídas de reserva. Al momento de mi visita aún se encontraba convaleciente.
“Veremos si ahora te atreves otra vez a hacer giros a baja altura”, le dije jocosamente. Pero para mi sorpresa me contestó: “Ni a baja altura ni a ninguna, yo ya terminé, no habrá otra vez, no quiero seguir dándole dolores de cabeza a mi familia”.  Su respuesta me dejó perplejo unos segundos, no me lo esperaba. Y en ese instante me di cuenta de un detalle importante, y es que estoy casi seguro que ningún practicante de deportes aéreos cualquiera que sea la modalidad, está listo para suprimir del diario vivir una pasión que cuando llega y cala en los huesos, es muy difícil dejar de lado. Pareciera que nadie prevée una eventual salida de los deportes aéreos por una fuerza mayor, y más que eso, evaluado las consecuencias de ello en la posterior vida del ex deportista. Sencillamente en la mente del aéreo deportista no existe el concepto “terminar”.
Me di cuenta de repente que existía la posibilidad de que, por azares de la vida, podría yo mismo encontrarme en una situación similar, y me pregunté si tendría la fuerza y el valor para salirme del camino, y la respuesta fue categórica: NO.
Los incidentes, aunque no son frecuentes, nos sorprenden la mayoría de las veces, generalmente provocados por un error humano, estado técnico del equipo, o por fuerzas externas. Pueden suceder lo mismo en un delta, en un paracaídas, un parapente, un ultraligero, en fin, en cualquier aeronave bajo nuestro mando. A veces tras el incidente viene el accidente, con consecuencias mayores o menores. Salvo contadas excepciones, siempre sucede que tras el incidente, la muy familiar vocecita interior nos plantee la clásica interrogante: “¿Qué carajo hago metido en esto?”. La mayoría de las veces esa voz se apaga cuando se pasa el susto, y en el peor de los casos, al ejecutar el siguiente despegue satisfactoriamente. El amor por el deporte hace que las aguas tomen su nivel. Todos hemos pasado por ahí alguna vez. Pero en casa de mi amigo me encontré ante un cúmulo de preguntas: ¿Estaré preparado para tomar una decisión de tal magnitud? ¿Tendré el valor de abandonar? ¿Cederé ante la presión de mi familia que me reclamará poner de una vez los pies en la tierra? La respuesta sigue siendo la misma, y es que no creo sentirme listo, lo aeronáutico es algo que de alguna forma compone mi ADN, pero no cabe duda, un día puedo estar ahí.
Yo tuve contacto con este fascinante mundo cuando apenas contaba 10 años de edad, y desde entonces, en mayor o menor medida, mi mundo y mis fantasías giraron alrededor de mis sueños infantiles de ser piloto un día, de los aviones, de un parapente, de una ruidosa avioneta Antonov-2 escupiendo paracaidistas sobre la plaza de mi barrio, en fin, soñaba con tener los pies en el aire. Primero traté de ser paracaidista, pero no fue posible.
Luego vino el parapente a suplir el vacío que dejó el paracaidismo cuando este dejó de existir en mi ciudad.  Y yo en plena adolescencia, en compañía de mayores, viajaba 60 y tantos kms solo para ver despegar parapentes. Y así crecí hasta el impass del servicio militar y la universidad, lo cual me mantuvo alejado de este mundo por seis largos años.
Pero la semilla no murió, sabía que algo me faltaba, y tras esfuerzos y gestiones, y gracias al invaluable apoyo de amigos en Cuba y España, comencé a hacer mis vuelitos.
Siempre escuché de accidentes, de situaciones complejas, de quienes quedaban colgados en los cables eléctricos y casi morían, de los que caían en áreas llenas de marabú, árbol parásito que tiene espinas hasta en las flores, yo mismo una vez estuve a punto de romperme un tobillo debido a un aparatoso aterrizaje de emergencia con viento de cola. Paralelo a mi “crecimiento” en este mundo, creció el conocimiento acerca de los incidentes, sus consecuencias y las medidas para evitarlo. ¿Por qué protegerse? Porque se podía experimentar el  dolor de un hueso roto, la desidia de una silla de ruedas, la muerte.

Pero he caído en la cuenta de que uno se juega más que eso cuando vuela. 

Más allá de la integridad física, más allá de conservar la vida, está el hecho de mantener un estilo de vida que nos hace felices y en mayor o menor medida realizados. Puede que laboralmente me sienta frustrado, puede que la crisis económica me tenga preocupado, pero cuando me encuentro colgado a “nada” a decenas de metros del suelo, sintiendo el viento en mi rostro y su música en mis oídos, y el vario diciéndome que gire aquí mismo que hay un +2, olvido todo, me siento diferente, estoy en lo que pudiera decirse, mi medio, mi hábitat; siento sencillamente, paz. Y precisamente es eso lo que está en juego, mi fuente de “dopaje” legal, mi enigmático momento de placentera soledad, el despegar, volar, subir, aterrizar, y mientras pliego la vela, sentirme parte de unos pocos que descubrieron que volar es más que eso, es un mundo paralelo que hay que vivir, y que lo vives, y que no puedes dejar de vivirlo.

“¿Y quien se hará cargo del club ahora?” le pregunté a la salida; encubiertamente quise saber qué haría para “sobrevivir” fuera del deporte. Me respondió: “Yo mantendré el vínculo”, o sea, que seguiría mezclado con el club, con la misma rutina, pero inactivo. Me pregunto si cuando vea a sus colegas en el aire, y les vea los ojos brillar de emoción al aterrizar, lo soportará en paz. Yo no podría.
Cuando me despedí, mientras caminada de regreso al trabajo, me pregunté una y otra vez si tendría el valor de renunciar, y luego de mucho meditar, concluí una vez más que el vuelo es parte indisoluble de mi vida, que dejaría de volar cuando no tuviera fuerzas para tirar de las bandas, y mientras ese momento llega, la mochila me la lleve mi hijo hasta el despegue cuando ya no pueda llevarla yo. Descubrí que tras  los conceptos de seguridad se esconde mucho más que cuidarse de los golpes y las fracturas, y es la necesidad de no desprenderse de aquello que forma parte de uno, de nuestro vivir y actuar diario.

Cuando esté nuevamente en el despegue, y esté realizando el chequeo pre-vuelo, me acordaré que es importante ser responsable, abrocharme las perneras, no olvidar nada, que necesito volar bien, hacerlo muy bien, y más que todo, aterrizar con elegancia, no solo porque me esperan en casa, no solo porque quiera mantener mi record de huesos rotos en cero, sino porque mañana quiero volver a volar, y la semana que viene, y en los próximos años, porque concluí, finalmente, que vivir lejos del vuelo, no era vivir.

 


FUENTE: vuelo libre guantanamo Autor : Danyer Columbié Sour

2 comentarios:

  1. Me alegro mucho de tu satisfactoria recuperación y tu vuelta a los aires. Me has echo emocionarme. Un abrazo!

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